Hay una flor… creo que me ha domesticado…


La Psicobiología es una rama de la ciencia psicológica, a caballo entre ésta y la biología propiamente dicha. Estudia las bases biológicas de la conducta y es en ella dónde, realmente, nace la Psicología como disciplina científica; Fechner, Helmholtz o Pavlov son importantes investigadores que se dedicaron a esta rama, entre otras.

Un área interesantísima dentro de esta rama es la genética de la conducta, y este mes me he pegado el gustazo de leer, en la revista mensual de National Geographic, el artículo de Evan Ratliff: “Doméstico o salvaje”; que relata el apasionante experimento que se lleva realizando desde 1959 en Novosibirsk, Siberia, sobre el proceso de domesticación.

Ese año, Dmitri Belyaev se propuso conocer cómo los lobos llegaron a ser perros. Sin embargo, en aquel entonces los conocimientos y las técnicas genéticas no estaban tan desarrolladas como hoy y, para colmo, la U.R.S.S, consideraba la Sigue leyendo

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El amor de las mitocondrias.


Este fin de semana no he publicado nada y sé que el viernes muchos visitasteis esta bitácora esperando una nueva entrada. Perdonadme y no os preocupéis, no voy a cambiar de hábitos.

Este fin de semana no tenía ni ánimos ni inspiración para escribir. Hace tiempo que estoy preparando un post sobre el amor para acabar, de momento, con esta línea de trabajo sobre la emoción; no es este. Al llegar el viernes no había terminado de leer los libros que necesitaba ni de recopilar los trabajos que quería revisar. Mucho trabajo por hacer y poca motivación dieron al traste con mis planes.

Sin embargo, indagando sobre el amor, he descubierto algo que sí quería contaros: El amor de las mitocondrias.

Las mitocondrias son unos orgánulos celulares muy especiales: poseen una membrana externa como si se tratase de una célula independiente, también tienen su propio genoma que presenta muchas semejanzas con genomas bacterianos y son fundamentales para el aporte energético de la célula pues sintetiza gran parte del ATP producido en la misma. Y esto es solo una parte de todo lo que las mitocondrias hacen por la célula.

Hoy no hay dudas al respecto, las mitocondrias eran células independientes que un día se toparon con las células eucariotas y se enamoraron… al estilo de las células. Alguna (o algunas) célula eucariota, hace unos 1500 millones de años fagocitó una mitocondria y no pudo digerirla. De esta forma, dos seres distintos se vieron obligados a negociar las condiciones de su existencia.

La reflexión en torno al amor (que no es mía, sino de Eduardo Punset) tiene que ver con lo que es y lo que no es amor. Asumimos la idea de que el amor es un ansia de entrega y desprendimiento, un gran logro del hombre moderno, expresado como marcan las prescripciones literarias. Entendemos el amor como la antítesis del interés individual, el desinterés supremo.

Pero una mirada al pasado sugiere todo lo contrario. Un vistazo al proceso evolutivo nos dice que el amor es una constante de la existencia, el irrefrenable impulso de fusión. Desde que las primeras células se unieron para intercambiar material genético existe el amor. Está en la base de los motivos sociales universales de pertenencia y confianza.

El amor es una relación de intercambio beneficiosa para uno mismo, para el otro y para los que están al rededor de la pareja. El amor nos permite perpetuarnos como material genético único (individuos) y como material genético compartido (especie), y para realizar esta tarea la selección natural ha preparado nuestro cerebro para necesitar el amor, para que lo busquemos y utilicemos en nuestro beneficio.

Yo me encargo de que no falte energía para lo que necesitemos. Sugirió la mitocondria.

Trato hecho, yo me encargo de que lleguemos a buen puerto. Sentenció la célula eucariota.

Este es el amor de las mitocondrias.

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Fuentes:

Viaje al amor, Eduardo Punset (2007).

Darwin y la Psicología.


Desde principios del siglo XVIII, existe esa lucha entre Biología y religión por adjudicarse el derecho a hablar del origen del hombre.  En esta época encontramos a Carl von Linneo (1707-1778), creador de la Sistemática actual, que dedicó su vida a clasificar el mundo vivo y así poder defender la idea de que todas las especies surgieron en un único acto creador en aspecto y número similar al que encontramos hoy. Esta planteamiento se conoce como Fijismo.

Por entonces, los fósiles eran considerados meras curiosidades geológicas, pero el descubrimiento de su verdadero origen puso de manifiesto la antigüedad de la Tierra, lo que trastocaba las ideas fijistas. Así surge una nueva teoría para dar cuenta de la “creación”: el Catastrofismo, esta teoría defendía que la Tierra había estado expuesta a grandes cataclismos que habían extinguido la vida, por lo que Dios había tenido que volver a crear nuevas especies.

En los primeros años del siglo XIX, nos encontramos con Jean-Baptiste Antoine de Monet, Caballero de Lamarck (1744-1829), un nombre muy largo para un hombre que fue el primero en dar una visión naturalista de la evolución, aunque desde la perspectiva romántica de la época.  Lamarck propuso que las especies cambian para adaptarse a sus necesidades mediante la ley del “uso y desuso”, y que cada organismo representaría una línea evolutiva con origen en la generación espontánea y que busca la autoperfección.

Como veis, en la época en la que Darwin inicia su viaje a bordo del Beagle la idea de la evolución era prácticamente aceptada por los naturalistas de la época. Este viaje tenía como objetivo crear cartas de navegación de Sudamérica y explorar las islas del Pacífico y Australia. Pero el capitán Robert FitzRoy (1805-1865) albergaba la secreta esperanza de encontrar evidencias de la verdad del Génesis, y por eso solicitó la presencia a bordo de un naturalista, que, casualidades del destino, resultó ser Darwin. Aunque la teoría de la evolución por selección natural no vería la luz hasta muchos años después de su vuelta a casa.

La gran aportación de Darwin fue, además de la gran cantidad de muestras, datos, animales y fósiles que trajo consigo a Inglaterra, la idea de la selección natural. El razonamiento que  Darwin plantea en “El origen de las especies” (1859) es sencillo: 1) el crecimiento de las poblaciones tiene como límite la cantidad de recursos disponibles; 2) la limitación de los recursos hace que los individuos tengan que luchar por ellos, por lo que los individuos que porten rasgos que les permitan mejor acceso a los recursos tendrán más posibilidades de sobrevivir y reproducirse; 3) los descendientes tienden a heredar los caracteres de los progenitores y a transmitirlos; 4) tras muchas generaciones el proceso que favorece unos rasgos y elimina otros de la población hace que ésta se transforme paulatinamente.

Pero Darwin no se quedó ahí, y mientras sus coetáneos buscan más pruebas acerca de la evolución por selección natural, él se lanzó a buscar los orígenes del hombre. En 1871 publicó el ” Origen del hombre y la selección en relación al sexo”, en el que compara las capacidades mentales del hombre y otros animales y concluye que las diferencias encontradas son sólo de grado, y no de clase. Al año siguiente, en 1872, Darwin publica un nuevo libro titulado “La expresión de las emociones en el hombre y los animales”, el primer libro en el que el comportamiento es considerado como una característica biológica más, susceptible de ser afectado por la selección natural. Además, este libro también es el primero en hablar de lo que hoy se conoce como lenguaje no verbal, pues examina las expresiones faciales emocionales involuntarias, y su universalidad, es decir, cómo las emociones se reflejan en el rostro por igual en todas las personas y culturas.  Pero es que no se acaba aquí, en 1877, Darwin publica un artículo llamado “Bosquejo biográfico de un bebé”, un diario de observación en el que analiza el desarrollo de uno de sus hijos desde que nace.

La vida y el trabajo de Darwin han marcado la historia de occidente, de la Ciencia, y de la Psicología, y nos ha dejado un buen ejemplo a seguir.