Pégame


Imagina que vas caminando por la noche, por un barrio residencial, rodeado de edificios de viviendas y escuchas a una mujer gritando, pidiendo auxilio, huyendo, y a su asaltante corriendo tras ella, apuñalándole. Y no haces nada. Ahora imagina que en vez de ir andando por la calle estás en el confort y seguridad de tu casa, pero ni tan siquiera llamas a la policía.

Esto es lo que ocurrió en Nueva York el 13 de marzo de 1964, fue el caso de Kitty Genovese. Los vecinos presenciaron la agresión durante 35 minutos, cuando el asaltante se marchó alguien llamó a la policía, al rato la muchacha murió.

Esta terrible historia (que en realidad no fue tal que así, todo sea dicho) supuso el inicio de dos líneas de investigación que han dado resultados muy importantes:

  1. Por un lado se comenzó a investigar la conducta de ayuda, porqué las personas deciden ayudar a otros o no. Uno de los resultados más impactantes en este sentido fue el descubrimiento de Darley y Latané (1968), lo que se ha denominado efecto del espectador: cuantas más personas haya presentes en una situación en la que alguien necesita ayuda menos probable es que alguno de los espectadores preste tal ayuda. Y es que, cuando estamos en grupo (conozcamos o no a las personas que tenemos al lado) se produce una difusión de la responsabilidad, que puede llevarnos a no actuar.
  2. La segunda línea de investigación, que en realidad se remonta a la Segunda Guerra Mundial, trata la agresión, que es sobre lo que vamos a tratar.

Por agresión se entiende cualquier forma de conducta dirigida a dañar o injuriar a otro ser vivo que está motivado a evitar tal trato (Baron y Richardson, 1994, p. 7). Esta definición busca excluir el daño causado accidentalmente e incluir el intento de provocar daño, aun cuando sea fallido.

Es decir, el elemento central de la agresión es el deseo o la intención de hacer daño (la motivación).

También se suele hacer distinción entre una agresión afectiva, emocional e impulsiva, sin premeditación, y una agresión instrumental, que se realiza para conseguir un determinado fin.

Dentro de la agresión como concepto general podemos encontrar la violencia como un subtipo de agresión. Hace referencia a una agresión física, y se define como: infligir fuerza intensa a seres vivos o propiedades con el propósito de destruirlos, castigarlos o controlarlos (Geen, 1995, p. 669).

Lo más importante de estas definiciones es que en ningún momento se alude a una posible enfermedad mental como génesis de las conductas agresivas. Se consideran parte del repertorio “normal” de conductas. Esto no niega que puedan existir conductas violentas como consecuencia de patologías, sino que resalta el hecho de que existen en ausencia de las mismas.

Así que la pregunta es obligada: ¿De dónde vienen las conductas agresivas o violentas? Es difícil responder a esta pregunta a un nivel general, entraríamos en el debate innato-cultura; pero a nivel individual, la violencia se aprende.

La teoría del aprendizaje social, propuesta por Albert Bandura, explica cómo es este proceso. El aprendizaje social sostiene que muchas de las conductas habituales de las personas se aprenden observando a modelos relevantes para el individuo, es lo que se denomina modelado.

Bandura, junto con Ross y Ross (1963), demostró cómo el comportamiento agresivo podía adquirirse mediante aprendizaje social, y de paso cómo funciona este proceso. Distintos grupos de niños observaban como un adulto golpeaba al muñeco Bobo, le insultaba, le pegaba con un martillo, y otro tipo de lindezas. Tras esto realizó muchas modificaciones, como que el adulto fuese regañado y castigado por su acción o que fuese premiado, por ejemplo.

Los resultados mostraron que los niños que habían visto al modelo ser recompensado por su acción imitaron esta conducta mucho más que los que vieron que el modelo que había sido castigado. Igualmente, los que vieron al modelo golpear el muñeco sin ningún tipo de consecuencias también lo hicieron mucho más que los que no habían visto a un adulto realizar esta acción.

Lo más impactante es que las conductas agresivas más imitadas fueron los insultos.

Uno de los principales debates que esto ha generado es el siguiente: ¿La violencia en los medios de comunicación o los videojuegos hace violentos a sus consumidores?

Existe consenso al afirmar que los medios de comunicación no son un reflejo de la sociedad, sino que actúan sobre la realidad social modificándola y transformándola. La televisión, la radio, la prensa, el cine o Internet promueven y difunden ideas y creencias que regulan la vida de las personas y cambias sus visiones del mundo. En este sentido, el modelado, la imitación y el aprendizaje operante y social avalan la idea de que la violencia en la televisión o los videojuegos promueve comportamientos agresivos en los niños y los adultos consumidores.

Sin embargo, esto tampoco es universal, y es que el marco cultural juega un papel muy importante en la regulación del uso de la violencia. Por ejemplo, en España, Polonia o EEUU el uso individual de la agresión para castigar a otros se considera inaceptable, mientras que en Japón e Irán resulta muy adecuado (Ramírez y Fujihara, 2001). Esto lleva a que en distintos ámbitos culturales el efecto sea distinto. En países como Japón o Irán, la violencia en los medios puede llevar a más actos violentos, mientras que en países como España, la violencia en los medios conlleva menos expresiones violentas, aunque sin duda fomenta una actitud menos negativa hacia estos comportamientos.

Otro efecto interesante es que, si durante la exposición a imágenes violentas se enfatiza la naturaleza irreal o ficticia de las mismas, el efecto potenciador de la violencia de estas imágenes se reduce considerablemente.

¿Y tú qué piensas?

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Fuentes:

Introducción a la Psicología Social, E. Gaviria, I. Cuadrado, M. López (coord.) (2009)

La segunda imagen del post pertenece a una campaña del Gobierno de España contra la violencia de género.

Porqué los ateos no creen en el infierno (IV)


Tal y como os prometí, hoy llega el último post de esta serie. Hoy quiero hablaros de uno de los conceptos centrales de las religiones: el castigo eterno.

Todas las religiones prometen algún tipo de paraíso y de castigo después de la muerte para aquellos que cumplen o desobedecen sus directrices. El infierno cristiano es un “lago de fuego y azufre”, es el lugar donde habitan los demonios y los malvados y donde sufrirán por toda la eternidad. Para los testigos de Jehová, el infierno es el fin de la existencia, de tal manera que los bondadosos vivirán eternamente y los malvados desaparecerán. En el islam, el infierno también es un lugar de fuego, como una ciudad toda de fuego, con edificios de fuego, camas de fuego, calles de fuego, etc. En el hinduísmo existen 21 infiernos distintos, y el infierno budista es el reino de los Nerakas. En la antigua Grecia existían distintos destinos para los muertos, tanto benignos como tortuosos. En la mitología nórdica, a los que no se les concedía entrar al Vahalla, eran entregados a Hel, en cuyo reino los lobos destrozaban los cadáveres de los asesinos, los perjuros y los que seducían a la mujer de otro.

Como dato gracioso, en el año 2001 se les concedió el premio Ig Nobel de Astrofísica a Jack y Rexella Van Impe por su gran estudio en el que “demostraban” que los agujeros negros cumplen todos los requisitos para ser la localización del infierno.

Bromas a parte, el concepto de infierno puede ser realmente perjudicial para la salud mental de los creyentes: ¡TEN MIEDO! ¡SI NO ACTÚAS COMO TE DIGO IRÁS AL INFIERNO! Como habréis podido comprobar, en mi blog no se han tratado temas éticos, sin embargo no puedo dejar de decir que es completamente perverso e inmoral hacer que alguien piense esto. Es un abuso, como los abusos violentos a los niños en los colegios o los abusos sexuales, ya que todos estos casos tienen en común el hacer que quien lo sufre viva con miedo. Las religiones, al enseñar sobre el infierno, están llevando a cabo un tipo de maltrato sobre sus fieles.

Ahora es el momento en que me podéis preguntar: Pablo ¿por qué no crees en el infierno, y en consecuencia, tampoco en el cielo? Todas las religiones del mundo han hablado acerca de lugares de premio o sufrimiento; ¿no tienes miedo? Y mi respuesta es que yo sé algo que los que idearon las religiones no sabían, y yo sé algo que los fieles no saben: Yo sé qué es el fuego.

Para terminar me gustaría que también vieseis este video en el que Richard Dawkins habla sobre las religiones.

Maltrato a los mayores


Hola a todos de nuevo, muchas gracias por vuestra paciencia y mensajes de apoyo. Después de largos meses viviendo cada minuto del día para estudiar se hace difícil volver a la actividad normal. Y gracias especialmente a Hesperetusa, su reciente mensaje ha sido la motivación que necesitaba para ponerme de nuevo manos a la obra.

Hace ya mucho tiempo, concretamente el jueves 8 de abril, encontré en el periódico El País un reportaje escrito por Carmen Morán titulado ” Cuando el anciano es un engorro”. La verdad me impactó mucho y me gustaría compartir con vosotros un poco de lo que decía.

Siempre se habla del maltrato hacia la mujer, los informativos, en la mayor exaltación de lo gore y morboso dan detalles hasta de cómo fueron los golpes, sacan a las familias llorando y maldiciendo y la siempre guapa presentadora del informativo, pulcramente vestida, pone cara de circunstancia cuando habla de la mal llamada noticia. Y hacen esto incluso cuando los expertos han dicho que no es recomendable, pues puede darse un “efecto llamada”, donde otros maltratadores ven el sufrimiento que ha causado el tipo que sale en la pantalla y deciden hacer lo mismo. En otras ocasiones tratan sobre el maltrato a los hijos por parte de los padres, y parece que se vuelven un poco más comedidos, tan sólo sacan imágenes de un hospital (sea o no en el que se encuentre el menor) o a los acusados escoltados por la policía y tapándose la cara. En los últimos años incluso han comenzado a tratar el tema de los malos tratos entre los menores de los centros escolares, hasta le han dado un nombre pegadizo “bullyng”.

Sin embargo, existen otros tipos de malos tratos hacia nuestros semejantes, más silenciosos y más insidiosos. Cuando miras a un anciano con un gran círculo morado en el brazo, ¿es causado por la edad, por un mal paso, o es por que alguien le ha golpeado? Cuando ves a una vieja sentada en un banco en mitad del parque llorando, ¿llora por el recuerdo de su marido fallecido o es que su hija aparece una vez por semana en casa con insultos porque necesita dinero?

Hubo que esperar hasta el año 2006 para que se reconociese que esto es una realidad y grave problema en toda la sociedad occidental, desde entonces, y aunque no todo el mundo lo sepa, el día 15 de junio se celebra como el día mundial para la toma de conciencia contra los abusos a mayores.

Por ahora, los datos recabados por las encuestas dicen que el 3% de los ancianos sufre maltrato, sin embargo los ancianos son unos de los grupos más difíciles de encuestar, con una elevada tasa de no respuesta. Así que, realmente, no sabemos cuantos ancianos puede haber en esta situación. Un 4,6% de los cuidadores reconoce haber realizado conductas inadecuadas hacia los mayores bajo su cargo.

Se reconocen cinco tipos de maltrato hacia los ancianos: físico, psicológico, negligencia, abuso económico y abuso sexual.

El abuso económico es el más frecuente y al que menos atención se le presta y sucede cuando el agresor utiliza el dinero de la víctima sin su consentimiento, le obliga a cambiar su testamento, o el nombre de la viviendo, etc. Se da cuando el agresor depende de los ingresos del anciano, y por desgracia, el abuelo no se rebela porque sabe que si lo hiciese su agresor no tendría nada. En este tipo de abuso los agresores suelen ser o la pareja del anciano o sus hijos. Hombres y mujeres en igual proporción. La mayoría tienen más de 64 años y muchos de ellos sufren algún problema físico. Más de la mitad sufren estrés.

La negligencia y el maltrato psicológico son los siguientes en la lista. Como negligencia se entiende conductas tales como dar dosis inadecuadas de medicación, privar de las necesidades básicas (que son la alimentación, higiene, calor, ropa, asistencia sanitaria, etc.) y en los casos más extremos el total abandono. El maltrato psicológico se presenta bajo conductas de rechazo, insultos, aislamiento, gritos, humillaciones, amenazas, privación de afecto y hacer sentir miedo al anciano. Lo peor es que nuestros mayores no reconocen este tipo de maltrato por vergüenza y porque sus vidas han sido duras y están “acostumbrados a sufrir”. Otros sienten culpa pues consideran que si sus hijos los tratan así es porque ellos los educaron de este modo.

Además, el maltrato en general, y a los ancianos en particular, es un tabú.

No existe un segmento de la población más propenso que otro donde encontrar esta situación, más bien son los tipos de atención a la vejez propios de una sociedad los que determinan la posibilidad de que surja esta situación. En España, los ancianos suelen ser atendidos en casa, lo que propicia mucho que aparezca el maltrato al anciano. Por ejemplo, en el apartado de maltrato psicológico una de las amenazas más frecuentes es el ingreso forzado en una residencia. Además, el cuidado en casa complica la situación de maltrato porque cuidar de un anciano no es fácil, sobre todo si tiene graves problemas de dependencia. En esta situación las familias se encuentran entre el amor y el odio. El familiar que se ha encargado de su cuidado siente amor hacia el anciano, pero a la vez siente todo lo que ha perdido por su culpa: trabajo, libertad, amigos, etc. Cuando el anciano muere la sensación de culpa de la familia es grande, reconocen cómo a sido su conducta hacia su padre, madre, abuelos, tíos, etc. También ocurre que el cuidar de un anciano se ve en principio como una situación de urgencia, sin embargo se va a largando durante años y no se ve la salida. Y empeora la situación todavía más el que la relación afectiva se va perdiendo según la capacidad del anciano para relacionarse merma. Finalmente la situación se hace insoportable y el cuidador/maltratador tan sólo ve una salida: el fallecimiento del anciano. Cuando este momento llega el maltratador siente pena y alivio, y una intensa sensación de culpa por sus actos que se agrava por el hecho de sentir alivio.

Y cada vez se da este problema con mayor frecuencia porque se vive más, pero no siempre en las mejores condiciones.

Los ancianos son víctimas que no se rebelan, que van a menos, sufren un maltrato continuado e indetectable, se convierten en personas atemorizadas en casa, sin contacto social ni comunicación con el exterior. Nadie los ve.