Presiono palancas a cambio de comida


Este señor que se parece a Gandalf de vacaciones es Burrhus Frederic Skinner (1904-1990), posiblemente el psicólogo más importante del siglo XX. Skinner deseaba ser escritor, pero cuando se dio cuenta de su poco talento… bueno, decidió buscar algo que se le diera mejor.

A estas alturas seguro que todos habéis leído cientos de post sobre Skinner y su trabajo, así que no nos vamos a entretener mucho en el Condicionamiento Operante. Básicamente, Skinner defendía que los actos de cualquier organismo están determinados por la historia de reforzamiento del organismo.

Es decir, cuando tu perro levanta una pata le das un pedacito de comida esa acción que reforzada y es más probable que ocurra en el futuro.

Como podéis observar, no hay nada mental, ni pensamientos, ni decisiones, nada interno puede determinar la conducta según Skinner. Con el tiempo y un gran esfuerzo metodológico, sabemos que esto no es así,  sin embargo el Condicionamiento Operante da cuenta de un montón de conductas, no solo de los animales, sino de los seres humanos.

Cuando echas una moneda en una máquina y esperas que caiga la bebida como consecuencia de tus actos, al igual que cuando introduces la llave de tu coche y giras esperando que arranque, cuando envías una solicitud de ingreso en la universidad, etc; estos son ejemplos de acciones controladas por las consecuencias.

Skinner se inspiró en Darwin, llegando a plantear la conducta individual en términos de selección natural: Cuando una conducta produce un efecto positivo aumenta la probabilidad de repetirla en el futuro, cuando una conducta no produce efecto o produce un efecto negativo, su probabilidad disminuye hasta extinguirse.

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Skinner desarrolló un programa de misiles guiados por palomas. Las palomas eran entrenadas para picotear una tecla que se encendía a cambio de comida. Dentro del misil ponían un panel en el que el objetivo parpadeaba intermitentemente, lo que constituía una señal para la paloma, que reajustaba continuamente la dirección del mismo. Finalmente no se llevó a cabo por dos motivos, primero porque las palomas morían sin remedio al acertar su objetivo (y siempre acertaban) y segundo porque los mandos militares lo encontraron “poco serio”.

Otro cotilleo interesante es que se extendió el rumor de que Skinner utilizaba a sus hijas para experimentar, que una de ellas se volvió loca y acabó pegándose un tiro. Pero la verdad es que solo eran injurias de aquellos a los que no les gustaba su trabajo.

Las hijas de Skinner han respondido en varias ocasiones a quienes difunden estas mentiras, aquí podéis leer a Deborah Skinner Buzan (la que se suicidó xD) un tanto enfadada por todo esto.

A pesar de todo su trabajo y la cantidad de reconocimientos que recibió por su labor de investigación, Skinner nunca abandonó su sueño de ser escritor de ciencia ficción (escribió muchos libros durante su vida, pero acerca de sus investigaciones) y en 1948 escribió Walden II, una utopía basada en la ciencia que él mismo había desarrollado. Al parecer no tuvo mucho éxito.

El trabajo de Skinner sobre Condicionamiento Operante y el desarrollo posterior de mucho investigadores ha llevado al desarrollo de muchas técnicas de modificación de conducta muy eficaces para ayudar a las personas, si alguna vez habéis visto el programa Supernanny os daréis cuenta de que utiliza una gran cantidad de técnicas de condicionamiento operante, en las que los niños acaban por entender que deben controlar su propia conducta para obtener lo que desean.

Si deseáis conocer un poco mejor qué es el Condicionamiento Operante podéis ver este video:

, pero si solo os apetece reíros un rato pasad al siguiente, en el que Sheldon aplica el condicionamiento operante a sus amigos.

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Aprendiendo


Después de casi un mes de ausencia os traigo una pequeña historia, pero primero os doy las gracias por vuestra paciencia y os aviso de que los post van a salir con  cuentagotas, lo lamento de veras,  no puedo hacer más. Pero basta de autocompasión y vamos a la ciencia que es lo que importa.

Este señor de la fotografía es John Broadus Watson (1878-1958), se le considera el padre del conductismo, una corriente de pensamiento en psicología que defendía que la única psicología válida era la que se basaba en la observación de la conducta. Realmente, cuando Watson expone por primera vez su concepción de la psicología, no causa mucho efecto por la simple razón de que, en su época, casi todos los psicólogos habían estado acercándose poco a poco a esta forma de entender la psicología, desencantados por la falta de resultados del mentalismo.

Para que nos entendamos, el “método científico” utilizado antes del conductismo en psicología era la introspección. Vamos, más o menos, meditación rollo oriental.

Sin duda, el conductismo presentaba graves deficiencias en el estudio psicológico, y finalmente fue sustituido, o más bien ampliado, por la psicología cognitiva. De todos modos, hay dos ideas importantísimas que le debemos al conductismo: 1) la psicología debe ser una disciplina científica, basada en el método científico, en la investigación, en la verificación de datos. 2) Y más importante aun, la conducta de las personas, los animales, y en general, todos los organismos, no está determinada ni por los “instintos” ni por los genes, sino por lo que aprenden y viven.

Aunque, posteriormente, esta postura se ha ido matizando, esencialmente es correcta. Todo lo que somos y hacemos es suceptible de cambiar. Y esto es genial porque implica que no somos seres preprogramados. No hay que vivir con miedo, ni siendo torpe, ni triste, ni cansado, etc, etc, etc. Considerar que la psicología de las personas es fruto del aprendizaje es una forma de traer esperanza. De hecho, Watson fue uno de los científicos de su época que luchó contra las prácticas eugenésicas que se habían puesto de moda en los países occidentales por aquella época, y que tuvo su mayor auge en los campos de exterminio nazis.

Todo esto es solo para dejaros este vídeo en el que podemos ver fragmentos de la investigación de Watson y Rayner (1920) en la que demostraron que los miedos se aprenden. Muestran a Albert, el sujeto experimental, y sus reacciones ante los distintos estímulos a los que había aprendido a tener miedo. Para una explicación más detallada os recomiendo este post de mi amigo Cendrero en El Busto de Palas.

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AMPLIACIÓN

Este otro vídeo es incluso mejor que el primero y, además, os ayudará a repasar vuestro inglés, xD:

Pégame


Imagina que vas caminando por la noche, por un barrio residencial, rodeado de edificios de viviendas y escuchas a una mujer gritando, pidiendo auxilio, huyendo, y a su asaltante corriendo tras ella, apuñalándole. Y no haces nada. Ahora imagina que en vez de ir andando por la calle estás en el confort y seguridad de tu casa, pero ni tan siquiera llamas a la policía.

Esto es lo que ocurrió en Nueva York el 13 de marzo de 1964, fue el caso de Kitty Genovese. Los vecinos presenciaron la agresión durante 35 minutos, cuando el asaltante se marchó alguien llamó a la policía, al rato la muchacha murió.

Esta terrible historia (que en realidad no fue tal que así, todo sea dicho) supuso el inicio de dos líneas de investigación que han dado resultados muy importantes:

  1. Por un lado se comenzó a investigar la conducta de ayuda, porqué las personas deciden ayudar a otros o no. Uno de los resultados más impactantes en este sentido fue el descubrimiento de Darley y Latané (1968), lo que se ha denominado efecto del espectador: cuantas más personas haya presentes en una situación en la que alguien necesita ayuda menos probable es que alguno de los espectadores preste tal ayuda. Y es que, cuando estamos en grupo (conozcamos o no a las personas que tenemos al lado) se produce una difusión de la responsabilidad, que puede llevarnos a no actuar.
  2. La segunda línea de investigación, que en realidad se remonta a la Segunda Guerra Mundial, trata la agresión, que es sobre lo que vamos a tratar.

Por agresión se entiende cualquier forma de conducta dirigida a dañar o injuriar a otro ser vivo que está motivado a evitar tal trato (Baron y Richardson, 1994, p. 7). Esta definición busca excluir el daño causado accidentalmente e incluir el intento de provocar daño, aun cuando sea fallido.

Es decir, el elemento central de la agresión es el deseo o la intención de hacer daño (la motivación).

También se suele hacer distinción entre una agresión afectiva, emocional e impulsiva, sin premeditación, y una agresión instrumental, que se realiza para conseguir un determinado fin.

Dentro de la agresión como concepto general podemos encontrar la violencia como un subtipo de agresión. Hace referencia a una agresión física, y se define como: infligir fuerza intensa a seres vivos o propiedades con el propósito de destruirlos, castigarlos o controlarlos (Geen, 1995, p. 669).

Lo más importante de estas definiciones es que en ningún momento se alude a una posible enfermedad mental como génesis de las conductas agresivas. Se consideran parte del repertorio “normal” de conductas. Esto no niega que puedan existir conductas violentas como consecuencia de patologías, sino que resalta el hecho de que existen en ausencia de las mismas.

Así que la pregunta es obligada: ¿De dónde vienen las conductas agresivas o violentas? Es difícil responder a esta pregunta a un nivel general, entraríamos en el debate innato-cultura; pero a nivel individual, la violencia se aprende.

La teoría del aprendizaje social, propuesta por Albert Bandura, explica cómo es este proceso. El aprendizaje social sostiene que muchas de las conductas habituales de las personas se aprenden observando a modelos relevantes para el individuo, es lo que se denomina modelado.

Bandura, junto con Ross y Ross (1963), demostró cómo el comportamiento agresivo podía adquirirse mediante aprendizaje social, y de paso cómo funciona este proceso. Distintos grupos de niños observaban como un adulto golpeaba al muñeco Bobo, le insultaba, le pegaba con un martillo, y otro tipo de lindezas. Tras esto realizó muchas modificaciones, como que el adulto fuese regañado y castigado por su acción o que fuese premiado, por ejemplo.

Los resultados mostraron que los niños que habían visto al modelo ser recompensado por su acción imitaron esta conducta mucho más que los que vieron que el modelo que había sido castigado. Igualmente, los que vieron al modelo golpear el muñeco sin ningún tipo de consecuencias también lo hicieron mucho más que los que no habían visto a un adulto realizar esta acción.

Lo más impactante es que las conductas agresivas más imitadas fueron los insultos.

Uno de los principales debates que esto ha generado es el siguiente: ¿La violencia en los medios de comunicación o los videojuegos hace violentos a sus consumidores?

Existe consenso al afirmar que los medios de comunicación no son un reflejo de la sociedad, sino que actúan sobre la realidad social modificándola y transformándola. La televisión, la radio, la prensa, el cine o Internet promueven y difunden ideas y creencias que regulan la vida de las personas y cambias sus visiones del mundo. En este sentido, el modelado, la imitación y el aprendizaje operante y social avalan la idea de que la violencia en la televisión o los videojuegos promueve comportamientos agresivos en los niños y los adultos consumidores.

Sin embargo, esto tampoco es universal, y es que el marco cultural juega un papel muy importante en la regulación del uso de la violencia. Por ejemplo, en España, Polonia o EEUU el uso individual de la agresión para castigar a otros se considera inaceptable, mientras que en Japón e Irán resulta muy adecuado (Ramírez y Fujihara, 2001). Esto lleva a que en distintos ámbitos culturales el efecto sea distinto. En países como Japón o Irán, la violencia en los medios puede llevar a más actos violentos, mientras que en países como España, la violencia en los medios conlleva menos expresiones violentas, aunque sin duda fomenta una actitud menos negativa hacia estos comportamientos.

Otro efecto interesante es que, si durante la exposición a imágenes violentas se enfatiza la naturaleza irreal o ficticia de las mismas, el efecto potenciador de la violencia de estas imágenes se reduce considerablemente.

¿Y tú qué piensas?

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Fuentes:

Introducción a la Psicología Social, E. Gaviria, I. Cuadrado, M. López (coord.) (2009)

La segunda imagen del post pertenece a una campaña del Gobierno de España contra la violencia de género.

La fuente de las emociones


Vivimos acosados por un tipo de sensaciones que no son como el resto de sensaciones. Hay sensaciones de muchas clases: el frío al caer la noche, el sabor de un dulce, el calor del fuego o el resplandor de una pared blanca cuando refleja la luz del Sol. Existen otras sensaciones, que vivimos incluso más intensamente que éstas, pero que no son el reflejo de sucesos físicos: el placer de un buen café, el miedo a un insecto desconocido, el enfado contra el jefe, la felicidad ante el reencuentro de viejos amigos, la tristeza al dejar atrás un amor de verano.

Todas estas sensaciones son físicas, podemos percibirlas en las manos, el estómago, la boca, pero las del segundo tipo son especiales. Estas sensaciones “especiales” son las emociones.

Las emociones son el resultado de la evolución del Sistema Nervioso, son algo biológico. De este modo, amar, estar feliz o triste, enfadarse, sentir miedo, sorprenderse o sentir asco, son procesos puramente biológicos. Tanto es así, que estas emociones primarias tienen sus correspondientes expresiones faciales que son comunes a todos los seres humanos y sirven como un primitivo mecanismo de comunicación no verbal. Pero esto también significa otra cosa, que el origen de las emociones tiene que ser un lugar físico, y ese lugar es el Sistema Límbico.

El Sistema Límbico es una parte muy antigua de nuestro cerebro y que compartimos los mamíferos con los reptiles, de forma que el centro que da origen a nuestras emociones surgió hace millones de años.

Como nos muestra este (entrañable) video de Érase una vez el hombre, parte de nuestra conducta hoy día está controlada por este primitivo cerebro que no entiende de edificios, automóviles, sociedad, ni leyes. Como dice Daniel Goleman:

[…] En suma, nos vemos obligados a afrontar los retos que nos presenta el mundo moderno con recursos emocionales adaptados a las necesidades del pleistoceno.

He aquí el auténtico problema de nuestras emociones. Surgen en un mundo muy distinto al nuestro, un mundo donde no se pensaba -matar al jefe es un acto ilegal o inmoral-, sino que se mataba o se huía. Tenemos dos mentes, una mente que piensa y otra que siente. Pero ambas son imprescindibles para poder vivir en el mundo, e interactúan para construir nuestra vida mental. Normalmente, ambos sistema funcionan conjuntamente en colaboración, donde la emoción da forma a la razón y la razón ajusta e incluso censura la emoción.

Pero hay veces en las que esta perfecta coordinación se rompe, y cuando esto sucede la emoción es más fuerte que la razón, la desborda y toma el control de nuestra vida. Daniel Goleman lo llama –secuestro emocinal-. En esos momentos, el Sistema Límbico declara el estado de emergencia y toma el control de todos los recursos del cerebro sin que el neocortex (la parte pensante del cerebro propia de los mamíferos y más desarrollada en los humanos) tenga tiempo de percibir la situación y mucho menos de encontrar una respuesta adecuada.

El golpe de estado neuronal se origina en la Amígdala cerebral (no confundir con la Amígdala palatina, que se inflama cuando sufrimos anginas). R. Joseph informaba sobre un joven al que la ausencia funcional de la Amígdala le impedía todo reconocimiento de los sentimiento propios y ajenos, y aunque otros autores constatan que en realidad quedan algunos vestigios de emoción, estos no son ni de lejos lo que comúnmente conocemos como sentimientos.

Entonces surge la pregunta, ¿cómo es posible que la Amígdala cerebral tome el control de nuestros actos?. LeDoux descubrió que la Amígdala cerebral actúa como un “policía” neuronal. Las vías neuronales procedentes de los ojos y los oídos llegan al Tálamo, y de ahí, surgen dos vías distintas, una que va hacia los respectivos núcleos en el neocortex, y otra, más corta, que va hacia la Amígdala cerebral. Esto significa que toda la información sensorial llega antes a la Amígdala que a la zona pensante del cerebro, de modo que surgen antes los sentimientos sobre los sucesos ambientales que los pensamientos.

De esta forma, si la Amígdala detecta que es necesario entrar en acción no esperará al lento y más informado neocortex. En un experimento concluyente, LeDoux lesionó el cortex auditivo de ratas, a pesar de lo cual consiguió condicionarlas a un sonido que iba seguido de una descarga eléctrica. Las ratas no escuchaban la señal acústica porque el lugar del cerebro que interpreta estas señales estaba destruido, sin embargo aprendieron a evitar las descargas, dado que las vías auditivas desde el oído hasta el Tálamo, y de ahí a la Amígdala estaban intactas. La Amígdala percibía, recordaba y controlaba el miedo al sonido (una respuesta emocional condicionada) de forma independiente al cerebro consciente.

Por lo que, la Amígdala analiza todas las entradas sensoriales y cuando detecta una pauta sensorial determinada, que tiene catalogada como urgente, no intenta de ningún modo confirmar su percepción, sino que dispara una respuesta. De esta forma desborda la capacidad de actuación del neocortex y toma el control de nuestros actos, nos secuestra. En estas situaciones podemos llorar sin parar, insultar a personas a las que amamos, golpear e incluso ensañarnos con otro ser humano, saltar al agua para rescatar a alguien sin ser conscientes siquiera de que hemos saltado o reír sin control.

En definitiva, nos encontramos inmersos en una vida emocional que puede desbordarnos si no aprendemos a vivirla adecuadamente.

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Fuentes:

Inteligencia Emocional, Daniel Goleman (1995).

Érase una vez el hombre, Albert Barillé, serie de televisión (1978).

Emoción, memoria y cerebro, Joseph E. LeDoux en Investigación y Ciencia Nº 215, 1994, pags. 38-45.

Questions About Emotion, P. Ekman y R. Davidson (1994).

Psicología General I. Soledad Ballesteros, UNED (2001).

 

 

 

Porqué los ateos no creen en el infierno (III)


Orden, esto es lo que explica porqué llegamos a realizar inferencias causales de la realidad erróneas. Buscamos el orden, la organización, cómo se estructura el suceso que estamos presenciando.

Esta es la conclusión del psicólogo Bruce Hood, de la Universidad de Bristol. En este enlace podéis ver la entrevista que le hizo Eduard Punset, titulada “Programados para creer“.

Nuestro cerebro, como mecanismo de supervivencia, se ha especializado en buscar las relaciones existentes entre sucesos. Por ejemplo: “Está nublado, va a llover“. De esta manera hemos establecido que el suceso A (está nublado) es la causa de un suceso B posterior (llover). Este tipo de relaciones son útiles para vivir.

Sin embargo, también somos capaces de establecer relaciones más complejas, de consecuencias menos evidentes. Como dice Bruce Hood, nuestra vida está llena de sucesos que no podemos explicar claramente, pero aun así nuestro cerebro, emperrado en encontrar la manera en la que funciona el mundo, intenta encontrar una solución al problema, por disparatada que sea.

¿Cómo sabemos que nuestro cerebro busca relacionar los hechos que vivimos día a día? Fijaos bien en la imagen de la derecha, se conoce como Triángulo de Kanizsa. En esa imagen no hay ningún triángulo, pero todos podemos ver dos triángulos distintos, uno hacia arriba; otro invertido,sin bordes, pero más brillante. La realidad es que no hay ningún triángulo, y que el fondo de la imágen no es más brillante en el supuesto triángulo invertido, aunque así nos lo parece.

Al mirar esta imagen, se activa en vuestro cerebro (y en el mio) una serie de procesos que terminan diciéndole a la corteza visual (en el lóbulo occipital) que se comporte como si realmente hubiese un triángulo en medio de ese conjunto de figuras, porque es la mejor solución posible. Un triángulo blanco invertido explica porqué están organizadas así estas figuras. Si esto os hace pensar que el mundo no es como lo veis (I y II), estáis en lo cierto, y en estos dos post os explico porqué.

Un punto importante, como explica Bruce Hood, es que no sabemos trabajar bien con la aleatoriedad. No somos capaces de realizar, por ejemplo, series de números realmente aleatorios.

De esta manera, al no trabajar bien con la aleatoriedad y por lo tanto buscar siempre patrones, nos encontramos con pensamientos realmente curiosos. Por ejemplo, bolígrafos de la suerte, rituales extraños como atarse lo zapatos de cierta manera o en determinado orden, tocar una pared al salir de casa, o de un examen, o antes de coger el coche. Y podríamos seguir así.

Es importante constatar que no sólo nuestro cerebro funciona así. Como pudimos comprobar en el anterior post de esta serie, las palomas utilizadas por Skinner en su experimento intentaban encontrar cuál era el patrón de conducta que les permitía conseguir comida, cuando la realidad es que no había ningún comportamiento que les permitiera acceder a su alimento.

Otro dato importante que permite explicar el surgimiento de las creencias supersticiosas es que los seres humanos creemos lo que otro ser humano nos dice. Esto es lógico, porque si tuviésemos la necesidad de contrastar, punto por punto, todo lo alguien nos cuenta, simple y llanamente no tendríamos tiempo para vivir, ni para conversar. Existen limitaciones en este supuesto, por ejemplo, no creemos lo que nos diga cualquiera, o no creemos las cosas cuando nos las dicen de cierta manera. Así, siempre vamos a creer más a una persona con la que tenemos lazos emocionales que a un desconocido, o tendemos a creer a alguien que argumenta su explicación antes que alguien que dice “esto es así porque sí”. Esta es la base también de muchos problemas en nuestras relaciones sociales, basta que alguien diga “hay que ver lo que hizo fulanito” para que la conversación nos enganche, y si la persona que lo dice es más cercana a nosotros que la persona mencionada tendemos a creer en sus palabras.

En resumen, somos máquinas incansables de establecer relaciones entre hechos del día a día y creemos lo que las personas cercanas a nosotros nos cuentan. Pero aun queda otro mecanismo evolutivo importante que facilita la creencia en sucesos sobrenaturales: La imaginación.

Mirad esta imagen, el tigre escondido entre el follaje, acechando. ¿Qué pasaría si no tuviésemos imaginación? Pues que no sabríamos que detrás de esa hermosa cabeza de tigre hay un terrorífico cuerpo de tigre. Está claro que aquellos antepasados nuestros que carecían de imaginación murieron pronto; además, la imaginación es un procesos cognitivo imprescindible para la memoria. Cuando “traemos a la memoria” un dato, realmente lo estamos imaginando; es decir, reconstruyendo a partir de patrones sensoriales conocidos. De esta manera unimos una imagen, un olor y un sonido, y  recordamos, por ejemplo, a nuestra madre, pero no estamos reviviendo un hecho, si no recreándolo con la imaginación.

Pero la imaginación tiene una parte negativa, pues nos permite crear conceptos tales como “suerte”, “dios”, “unicornio”, etc. Ideas que no hacen referencia  a nada real, pero que somos capaces de recrear, como mecanismos que explican sucesos.

Un ejemplo que aúne estos datos es el que dan Punset y Hood al inicio de la entrevista: ¿Podemos sentir que alguien nos mira? Sabemos que físicamente es imposible. Pero si nos sentimos incómodos en una situación y descubrimos que alguien nos miraba inmediatamente salta nuestra necesidad de establecer relación, la creencia de que esto es posible porque otros nos han contado que también lo han vivido, y la capacidad de imaginar cómo es posible. Y creamos nuestra creencia irracional de que podemos sentir que alguien nos mira en base a experiencias propias.

A lo largo de esta serie hemos descubierto que tendemos a creer ciertas descripciones de nosotros mismos, que establecemos relaciones entre sucesos de forma constante y sin poder evitarlo, creemos en lo que otros nos dicen e imaginamos cómo puede ser posible lo que nos cuentan.  Sobre la base de estos procesos psicológicos no es difícil darse cuenta de como funcionan, por ejemplo, las religiones a nivel individual, el horóscopo, y todo tipo de creencias supersticiosas. En el último post de esta serie haremos honor a su nombre y os explicaré por qué los ateos no creen en el infierno.

Los animales también crean cultura


Este señor es Jordi Sabater Pi (1922-2009), tal vez lo conozcáis por ser quien trajo al zoo de Barcelona a Copito de Nieve, pero fue pionero en el campo de la etología y un gran experto a nivel mundial. Fue el descubridor de varios comportamiento culturales en distintas especies.

Y es que, hay quienes defienden que el ser humano es distinto y especial entre los animales por, entre otras cosas, su capacidad de hablar y de tener conciencia de sí mismo.

Sin embargo, los chimpancés son capaces aprender nuestro lenguaje (aunque, obviamente, no pueden reproducir sus sonidos). En cautividad se les ha llegado a enseñar hasta quinientas palabras distintas que utilizan para hablar, sin voz, con nosotros.

Además, el chimpancé se reconoce en el espejo, diferenciando claramente entre él y los demás. Tanto es así, que los chimpancés son concientes de la muerte, y cuando alguno de ellos muere, los demás se ponen muy tristes por un tiempo. Aun más, cuando una madre pierde a su hijo, entra en un estado de depresión que puede durar meses.

Todo esto demuestra que son animales con conciencia de sí mismos, los demás y el paso del tiempo; requisitos indispensables para comenzar a crear conocimientos y transmitirlos culturalmente. Y esto es justamente lo que hacen los chimpancés.

En África, cuando llega la estación seca y no tienen agua para beber, nunca beben de los charcos de agua estancada para evitar las enfermedades infecciosas. Lo que hacen es excavar pozos hasta encontrar agua limpia. Y lo más sorprendente de todo, este conocimiento lo transmiten culturalmente a los miembros jóvenes de su familia. ¿Cómo? Sencillo, los otros chimpancés observan cómo llevan a cabo el proceso los miembros más veteranos y así lo aprenden, con lo que pasa a formar parte de su acerbo cultural.

Igual de sorprendente que esto, es la capacidad de estos mismo animales de fabricar herramientas simples, como palos de cierto tamaño para obtener termitas. El hecho de aprender a fabricar herramientas simples a partir de objetos naturales es una conducta cultural.

Los seres humanos compartimos con las plantas y los animales gran parte de nuestro ADN y no podemos negar que debemos replantearnos nuestra relación con el planeta y los animales, que hoy se basa en la superioridad religiosa, y convertirla en una relación igualitaria. En palabras de Jordi Sabater Pi:

Las generaciones futuras nos juzgarán la misma manera que nosotros juzgamos a los esclavistas de hace cien años […] Yo creo que la humanidad se encamina hacia la abolición del maltrato de los animales, pero cuando se legisle ya no quedarán animales en la naturaleza.