HOY ES EL DÍA DEL JUICIO FINAL…


O al menos eso es lo que asegura un tal Harold Camping, ya os imagináis de qué va este tipo, que si la Tierra tiene 10 ooo años, que si el nacimiento virginal, el diluvio universal, y tonterías varias. Ya hay incluso un grupo de FB de gente que se reunirá mañana para celebrar el NO FIN DEL MUNDO.

Para ser exactos, Camping asegura que hoy es el Día del Juicio Final, que habrá un gran terremoto como no se ha visto jamás y que aquellas personas que murieron creyendo en dios resucitarán. El día del fin del mundo propiamente dicho lo sitúa en el 21 de octubre de este mismo año. Entre tanto, viviremos la Gran Tribulación.

La realidad es que este vaina ya se había equivocado una vez, dado que había predicho el fin del mundo para 1994, sin embargo, cuando llegó esa fecha aseguró que se había confundido en los cálculos y que esta es la buena de verdad… eso me recuerda algo.

             Teoría de la disonancia cognitiva.

Una de las teorías psicológicas más importantes ha sido la teoría de la disonancia cognitiva desarrollada por Leon Festinger en 1957.

Festinger considera que una motivación humana esencial es el deseo de coherencia. Coherencia entre las propias creencias, actitudes y conducta, para mantener el bienestar psicológico. Cuando, en alguno de estos aspectos, no somos coherentes, se produce un estado de malestar y estrés emocional denominado disonancia cognitiva.
Sin embargo, la gran aportación de Festinger es asegurar que las personas difícilmente reconocen esa inconsistencia, sino que siempre van a tratar de justificarla o racionalizarla. Además, siempre que la percepción de la realidad se oponga a alguna de nuestras creencias existirá una presión para cambiar esa forma de pensar inconsistente con la realidad.
El último concepto importante es que el estado de disonancia cognitiva no se produce por la necesidad de ser lógicos o coherentes, sino que es un factor motivacional, como el hambre o la sed, que activa fisiológicamente el organismo y que busca reducir el malestar provocado por la incoherencia.
Una vez que se produce el estado de disonancia existen tres formas de reducirlo para volver al equilibrio psicológico:
 1) Añadir nuevos elementos consonantes con las acciones, creencias o actitudes. Por ejemplo, pensar que has tenido un error de cálculo y que tus predicciones se cumplirán más adelante.
 2) Aumentar la importancia de los elementos consonantes. Por ejemplo, pensar que el fin del mundo empezó realmente en 1994 y que todas las desgracias vividas desde entonces son su consecuencia.
 3) Quitar importancia a los elementos disonantes. Por ejemplo, pensar que es más importante saber más o menos cuando ocurrirá que la fecha exacta.
Esta teoría ha recibido mucho apoyo empírico, tanto de su autor como de otros muchos autores después de él. Ahora llegamos a mi parte favorita.
En 1956, Festinger, Riecken, y Schachter se infiltraron en una secta para observar qué sucedería cuando una de sus creencias se desconfirmara objetivamente. Dicha secta había anunciado que serían abducidos a otro planeta en una fecha concreta. La abducción la realizarían unos extraterrestres con los que se comunicaban para salvarlos antes de que se inundara la Tierra.
Pasado ese día sin que sucediese nada, la líder el grupo anunció que Dios había salvado el mundo gracias a la bondad de los miembros de la secta. A raíz de esto, el grupo, que no hacía proselitismo, comenzó a predicar activamente para persuadir a otros.
La disonancia cognitiva lleva a buscar información sesgada para confirmar los elementos consonantes a la vez que evita los disonantes. Cuando se recibe información que contradice las propias ideas se suele negar la veracidad de dicha información o se intenta invalidar con cualquier excusa.
El hecho de persuadir a otros tiene que ver con otros mecanismos sociales. Básicamente, el que otros crean lo que tú funciona como heurístico o atajo mental: Si mucha gente cree lo que yo, es porque será verdad.
En definitiva, a veces el mundo da señales de haberse vuelto loco.

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Cambiando los recuerdos


 

Salvador Dalí, 1931.

 

La Memoria es un proceso psicológico que nos permite recordar sucesos de nuestra propia vida, o de nuestro entorno, caras y nombres de personas, formas de realizar tareas, y un sinfín más de vivencias cotidianas o extraordinarias. Pero la memoria de los animales no es como las memorias de los ordenadores, nuestra memoria no copia y pega en nuestra conciencia, con total exactitud, los sucesos de nuestra vida.

Hay una región del encéfalo que está íntimamente relacionada con la memoria, el Hipocampo. El Hipocampo es una estructura cerebral que forma parte del Sistema Límbico, al igual que la Amígdala, de la que hablamos la semana pasada. Si bien el Hipocampo no es la única zona del SNC que almacena recuerdos, la evidencia científica parece asegurar es la zona que “crea” los recuerdos, para enviarlos más tarde a otras estructuras cerebrales. Además, el Hipocampo es una de las zonas en las que se ha descubierto neurogénesis en la edad adulta, es decir, nacimiento de nuevas neuronas una vez formado el Sistema Nervioso. Otra característica importante del Hipocampo es que es muy sensible a las variaciones del medioambiente cerebral.

Como os decía, nuestra memoria no es perfecta, no solo por los fallos que se puedan dar en el codificado, recuperación o descodificado de la información que contiene, sino por algo mucho más sutil. No solo recordamos experiencias, personas o habilidades, también recordamos las emociones asociadas a las experiencias, las personas y las habilidades que hayamos desarrollado.

Y aquí nos encontramos con un gran dilema, puesto que el estado emocional de cada uno de nosotros no es estable, sino que cambia, al igual que nuestras ideas, y lo que pensamos sobres nuestras ideas, nuestras emociones y nuestras vivencias. Nuestras emociones e ideas marcan nuestra forma de ver el mundo, y por lo tanto lo que almacenamos en la memoria. De esta manera nos encontramos con Sesgos de Memoria, como el sesgo por efecto contextual o el efecto de sesgo por exposición. Esta variabilidad de lo que, comúnmente, llamamos “personalidad“, o “forma de ser“, hace imprescindible que nuestros recuerdos puedan ser modificados para que sean coherentes con nuestra nueva visión del mundo, si esto no ocurriese nos encontraríamos en un estado de disonancia cognitiva, que exigiría ser reducido.

El mecanismo que nos permite evitar esa disociación entre “lo que soy hoy” y “lo que fui ayer” se conoce como autoconsistencia. Que, a efectos prácticos, es la sensación subjetiva de continuidad en el tiempo de nuestra propia persona. Como consecuencia de la variabilidad y la necesidad de sentir continuidad se puede incluso implantar recuerdos falsos en pacientes, siempre y cuando estos falsos recuerdos eran una buena explicación a los problemas que los pacientes sufrían. Existe una fundación de personas que han sufrido este abuso por parte de los psicoanalistas a los que acudían en busca de ayuda.

En resumen, nuestros recuerdos cambian para ajustarse a nuestra forma de vivir la realidad emocional actualmente. Esto es lo que demuestran los experimentos de los que vamos a hablar.

McFarland y Ross (1985) realizaron una investigación en la que entrevistaban a estudiantes universitarios que tenían una pareja estable. Lo que se les pedía era que evaluasen a sus parejas. Dos meses más tarde, en una segunda entrevista se les pedía una nueva evaluación. Comprobaron que, los que decían estar más enamorados que nunca tendían a recordar que su relación había empezado con un flechazo, mientras que los que habían roto la relación tendían a afirmar que desde el principio se dieron cuenta de que su pareja era egoísta y con mal carácter.

Años más tarde, Holmberg y Holmes (1994), realizaron una investigación similar. Participaron casi 400 parejas casadas, la mayoría de las cuales afirmaban ser muy felices. Dos años más tarde volvieron a entrevistarse con todos los participantes. Las parejas cuya relación se había deteriorado o estaban separadas manifestaban que “la relación había ido mal desde el principio“.

Estos resultados ponen de manifiesto que la forma en la que evoluciona la relación modifica no solo lo que cada miembro de la pareja piensa del otro en ese momento concreto, sino el recuerdo de cómo era en el pasado. Por supuesto, esta nueva forma de ver a la otra persona influye en la propia conducta y los procesos psicológicos.

Estos procesos resultan de gran importancia para nuestra vida emocional, porque nos brindan la esperanza de cambiar nuestros recuerdos para vivir una vida emocional saludable. ¿Cómo? Una vivencia que denominamos “traumática” lo es, no por el recuerdo de la vivencia en sí, sino por las emociones que trae asociado ese recuerdo, y que se reviven completamente cada vez que recordamos esta vivencia. Sin embargo, cambiando el cómo vivimos nuestra vida emocional presente cambiamos el cómo nos enfrentamos a nuestros recuerdos emocionales pasados.

Los supuestos psicoanalíticos se demuestran falsos, no es necesario revivir el pasado para cambiar el presente. A la hora de enfrentarnos al pasado nuestro lema debería ser: “Viviendo el presente, cambiando los recuerdos“.

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Fuentes:

Imagen de cabecera: La persistencia de la memoria, Salvador Dalí (1931).

Diccionario de psicología social y de la personalidad, Rom Harré, Roger Lamb (1992).

Memoria y Realidad, Sitio Web de la Fundación Síndrome de Falsa Memoria.

Introducción a la Psicología Social, E. Gaviria, I. Cuadrado, M. López (coord.) (2009).

Porqué los ateos no creen en el infierno (III)


Orden, esto es lo que explica porqué llegamos a realizar inferencias causales de la realidad erróneas. Buscamos el orden, la organización, cómo se estructura el suceso que estamos presenciando.

Esta es la conclusión del psicólogo Bruce Hood, de la Universidad de Bristol. En este enlace podéis ver la entrevista que le hizo Eduard Punset, titulada “Programados para creer“.

Nuestro cerebro, como mecanismo de supervivencia, se ha especializado en buscar las relaciones existentes entre sucesos. Por ejemplo: “Está nublado, va a llover“. De esta manera hemos establecido que el suceso A (está nublado) es la causa de un suceso B posterior (llover). Este tipo de relaciones son útiles para vivir.

Sin embargo, también somos capaces de establecer relaciones más complejas, de consecuencias menos evidentes. Como dice Bruce Hood, nuestra vida está llena de sucesos que no podemos explicar claramente, pero aun así nuestro cerebro, emperrado en encontrar la manera en la que funciona el mundo, intenta encontrar una solución al problema, por disparatada que sea.

¿Cómo sabemos que nuestro cerebro busca relacionar los hechos que vivimos día a día? Fijaos bien en la imagen de la derecha, se conoce como Triángulo de Kanizsa. En esa imagen no hay ningún triángulo, pero todos podemos ver dos triángulos distintos, uno hacia arriba; otro invertido,sin bordes, pero más brillante. La realidad es que no hay ningún triángulo, y que el fondo de la imágen no es más brillante en el supuesto triángulo invertido, aunque así nos lo parece.

Al mirar esta imagen, se activa en vuestro cerebro (y en el mio) una serie de procesos que terminan diciéndole a la corteza visual (en el lóbulo occipital) que se comporte como si realmente hubiese un triángulo en medio de ese conjunto de figuras, porque es la mejor solución posible. Un triángulo blanco invertido explica porqué están organizadas así estas figuras. Si esto os hace pensar que el mundo no es como lo veis (I y II), estáis en lo cierto, y en estos dos post os explico porqué.

Un punto importante, como explica Bruce Hood, es que no sabemos trabajar bien con la aleatoriedad. No somos capaces de realizar, por ejemplo, series de números realmente aleatorios.

De esta manera, al no trabajar bien con la aleatoriedad y por lo tanto buscar siempre patrones, nos encontramos con pensamientos realmente curiosos. Por ejemplo, bolígrafos de la suerte, rituales extraños como atarse lo zapatos de cierta manera o en determinado orden, tocar una pared al salir de casa, o de un examen, o antes de coger el coche. Y podríamos seguir así.

Es importante constatar que no sólo nuestro cerebro funciona así. Como pudimos comprobar en el anterior post de esta serie, las palomas utilizadas por Skinner en su experimento intentaban encontrar cuál era el patrón de conducta que les permitía conseguir comida, cuando la realidad es que no había ningún comportamiento que les permitiera acceder a su alimento.

Otro dato importante que permite explicar el surgimiento de las creencias supersticiosas es que los seres humanos creemos lo que otro ser humano nos dice. Esto es lógico, porque si tuviésemos la necesidad de contrastar, punto por punto, todo lo alguien nos cuenta, simple y llanamente no tendríamos tiempo para vivir, ni para conversar. Existen limitaciones en este supuesto, por ejemplo, no creemos lo que nos diga cualquiera, o no creemos las cosas cuando nos las dicen de cierta manera. Así, siempre vamos a creer más a una persona con la que tenemos lazos emocionales que a un desconocido, o tendemos a creer a alguien que argumenta su explicación antes que alguien que dice “esto es así porque sí”. Esta es la base también de muchos problemas en nuestras relaciones sociales, basta que alguien diga “hay que ver lo que hizo fulanito” para que la conversación nos enganche, y si la persona que lo dice es más cercana a nosotros que la persona mencionada tendemos a creer en sus palabras.

En resumen, somos máquinas incansables de establecer relaciones entre hechos del día a día y creemos lo que las personas cercanas a nosotros nos cuentan. Pero aun queda otro mecanismo evolutivo importante que facilita la creencia en sucesos sobrenaturales: La imaginación.

Mirad esta imagen, el tigre escondido entre el follaje, acechando. ¿Qué pasaría si no tuviésemos imaginación? Pues que no sabríamos que detrás de esa hermosa cabeza de tigre hay un terrorífico cuerpo de tigre. Está claro que aquellos antepasados nuestros que carecían de imaginación murieron pronto; además, la imaginación es un procesos cognitivo imprescindible para la memoria. Cuando “traemos a la memoria” un dato, realmente lo estamos imaginando; es decir, reconstruyendo a partir de patrones sensoriales conocidos. De esta manera unimos una imagen, un olor y un sonido, y  recordamos, por ejemplo, a nuestra madre, pero no estamos reviviendo un hecho, si no recreándolo con la imaginación.

Pero la imaginación tiene una parte negativa, pues nos permite crear conceptos tales como “suerte”, “dios”, “unicornio”, etc. Ideas que no hacen referencia  a nada real, pero que somos capaces de recrear, como mecanismos que explican sucesos.

Un ejemplo que aúne estos datos es el que dan Punset y Hood al inicio de la entrevista: ¿Podemos sentir que alguien nos mira? Sabemos que físicamente es imposible. Pero si nos sentimos incómodos en una situación y descubrimos que alguien nos miraba inmediatamente salta nuestra necesidad de establecer relación, la creencia de que esto es posible porque otros nos han contado que también lo han vivido, y la capacidad de imaginar cómo es posible. Y creamos nuestra creencia irracional de que podemos sentir que alguien nos mira en base a experiencias propias.

A lo largo de esta serie hemos descubierto que tendemos a creer ciertas descripciones de nosotros mismos, que establecemos relaciones entre sucesos de forma constante y sin poder evitarlo, creemos en lo que otros nos dicen e imaginamos cómo puede ser posible lo que nos cuentan.  Sobre la base de estos procesos psicológicos no es difícil darse cuenta de como funcionan, por ejemplo, las religiones a nivel individual, el horóscopo, y todo tipo de creencias supersticiosas. En el último post de esta serie haremos honor a su nombre y os explicaré por qué los ateos no creen en el infierno.

El mundo no es como lo ves (II)


Estoy seguro de que todos hemos visto alguna vez este par de flechas. Si nos preguntasen nadie caería en la trampa de asumir que la línea central de la primera es más larga que la de la segunda. ¿Pero sabéis una cosa? Si nos pidiesen que las midiésemos “a ojo” el suficiente número de veces podríamos apreciar una tendencia a decir que la primera es más larga. Y es que, si la incapacidad de captar en su totalidad el mundo físico es la primera barrera que nos encontramos al percibir la realidad, nuestro cerebro es la segunda.

Esta imagen se llama la ilusión de Müller-Lyer y ejemplifica cómo nuestro cerebro interpreta todo, absolutamente todo, lo que le llega a través de los sentidos. ¿Y cómo sabemos que lo interpretamos todo? Pues, el caso de la visión es un buen ejemplo:

1º -> A nuestros ojos llega la información de un grupo de ondas electromagnéticas, no llegan ni colores, ni brillo, ni intensidad, etc.

2º-> Nuestro cerebro recibe la información visual de manera bidimensional. Puesto que sólo tenemos dos ojos y están uno junto a otro.

3º->  Sin embargo, nuestra percepción visual es coherente, significativa y en tres dimensiones. Es decir, vemos el mundo como un todo, no a parches, y lo que vemos tiene sentido para nosotros. Todo ello con percepción de profundidad.

La pregunta entonces sería cómo es que llega a ocurrir algo así. Podríamos pensar que estamos equivocados en cuanto a cómo nos llega la información a los órganos sensitivos en vez de pensar que nuestro cerebro procesa esa información. La clave para elegir una hipótesis u otra nos la dan los errores en la percepción. Si lo que percibimos fuesen propiedades invariantes de los objetos naturales no existirían los errores, puesto que no habría interpretación subjetiva.

Pero estos errores existen, en el caso de la percepción visual estos errores se conocen como ilusiones visuales. Pero es que además, no sólo los errores nos dan muestras de esa interpretación subjetiva, algunos aciertos también. Por ejemplo, lo que se ha dado en llamar constancia del tamaño, que es la habilidad de percibir correctamente el tamaño de un objeto. Supongamos que estamos en lo alto de un cerro y que podemos ver un árbol, el mar, y un barco en el mar. Si sólo atendiesemos a lo que vemos, sin interpretación, el árbol nos parecería más grande que el barco, pero nadie, por muy lejos que esté el barco y cerca el árbol, comete ese error de percepción, gracias a la constancia del tamaño. O mejor dicho, gracias a las interpretaciones que hace nuestro cerebro. Mirad esta bonita imagen que confirma lo que os digo acerca de la constancia del tamaño:

Sin hacer caso a lo que nuestro cerebro nos manda, podríamos decir que el árbol que se ve en la esquina inferior derecha mide por lo menos la mitad de la montaña del fondo. Pero nuestro cerebro nos dice claramente que eso no es así.

La ilusión óptica que os presento ahora es muy curiosa:

Todas las líneas verticales que aparecen son paralelas entre sí, pero desde luego a nosotros se nos representan de otra forma.

En esta otra imagen os aseguro que nada se mueve realmente, de hecho, si lo miráis por partes se mitigará mucho la sensación de movimiento. Pero tened cuidado con esta imagen y no la miréis mucho tiempo ya os producirá dolor de cabeza y podría marearos:

Tal vez todo esto pueda haceros dudar acerca de vuestro mundo sensorial y caigáis en esa duda nihilista que atormentaba a Descartes. Pero esa no es mi intención. De hecho, no debéis preocuparos demasiado sobre ese “mundo exterior” por que la evolución nos ha dotado de las armas necesarias para movernos a través de él. Cuando percibáis el mundo a través de la visión, el oído, el olfato, el tacto, o cualquier otro sentido de los 15 que aportan información del mundo a nuestro cerebro podéis tener la seguridad de que percibís la realidad en cierta manera.

Lo realmente importante es que nos planteemos que:  ¿Si el mundo no es como yo lo percibo (al menos en su totalidad) cómo puedo pretender imponer mi realidad a otros? Nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestras ideas, se basan en lo que conocemos del mundo, una información incompleta y subjetiva que, además, no es compartida por otros ya que cada cual interpreta su propia realidad. Así que, tal vez, ha llegado la hora de ser un poquito más transigente con las ideas de los demás.

Para terminar, me gustaría dejaros una ilusión óptica que realmente me encanta. Es una bailarina, que gira en un sentido, pero cuando menos te lo esperas cambia de dirección. Por supuesto la realidad no es esa, pero así se nos representa a nosotros. Os confieso que no soy capaz de verla cambiar a voluntad. A ver si vosotros sois capaces.