Porqué los ateos no creen en el infierno (III)


Orden, esto es lo que explica porqué llegamos a realizar inferencias causales de la realidad erróneas. Buscamos el orden, la organización, cómo se estructura el suceso que estamos presenciando.

Esta es la conclusión del psicólogo Bruce Hood, de la Universidad de Bristol. En este enlace podéis ver la entrevista que le hizo Eduard Punset, titulada “Programados para creer“.

Nuestro cerebro, como mecanismo de supervivencia, se ha especializado en buscar las relaciones existentes entre sucesos. Por ejemplo: “Está nublado, va a llover“. De esta manera hemos establecido que el suceso A (está nublado) es la causa de un suceso B posterior (llover). Este tipo de relaciones son útiles para vivir.

Sin embargo, también somos capaces de establecer relaciones más complejas, de consecuencias menos evidentes. Como dice Bruce Hood, nuestra vida está llena de sucesos que no podemos explicar claramente, pero aun así nuestro cerebro, emperrado en encontrar la manera en la que funciona el mundo, intenta encontrar una solución al problema, por disparatada que sea.

¿Cómo sabemos que nuestro cerebro busca relacionar los hechos que vivimos día a día? Fijaos bien en la imagen de la derecha, se conoce como Triángulo de Kanizsa. En esa imagen no hay ningún triángulo, pero todos podemos ver dos triángulos distintos, uno hacia arriba; otro invertido,sin bordes, pero más brillante. La realidad es que no hay ningún triángulo, y que el fondo de la imágen no es más brillante en el supuesto triángulo invertido, aunque así nos lo parece.

Al mirar esta imagen, se activa en vuestro cerebro (y en el mio) una serie de procesos que terminan diciéndole a la corteza visual (en el lóbulo occipital) que se comporte como si realmente hubiese un triángulo en medio de ese conjunto de figuras, porque es la mejor solución posible. Un triángulo blanco invertido explica porqué están organizadas así estas figuras. Si esto os hace pensar que el mundo no es como lo veis (I y II), estáis en lo cierto, y en estos dos post os explico porqué.

Un punto importante, como explica Bruce Hood, es que no sabemos trabajar bien con la aleatoriedad. No somos capaces de realizar, por ejemplo, series de números realmente aleatorios.

De esta manera, al no trabajar bien con la aleatoriedad y por lo tanto buscar siempre patrones, nos encontramos con pensamientos realmente curiosos. Por ejemplo, bolígrafos de la suerte, rituales extraños como atarse lo zapatos de cierta manera o en determinado orden, tocar una pared al salir de casa, o de un examen, o antes de coger el coche. Y podríamos seguir así.

Es importante constatar que no sólo nuestro cerebro funciona así. Como pudimos comprobar en el anterior post de esta serie, las palomas utilizadas por Skinner en su experimento intentaban encontrar cuál era el patrón de conducta que les permitía conseguir comida, cuando la realidad es que no había ningún comportamiento que les permitiera acceder a su alimento.

Otro dato importante que permite explicar el surgimiento de las creencias supersticiosas es que los seres humanos creemos lo que otro ser humano nos dice. Esto es lógico, porque si tuviésemos la necesidad de contrastar, punto por punto, todo lo alguien nos cuenta, simple y llanamente no tendríamos tiempo para vivir, ni para conversar. Existen limitaciones en este supuesto, por ejemplo, no creemos lo que nos diga cualquiera, o no creemos las cosas cuando nos las dicen de cierta manera. Así, siempre vamos a creer más a una persona con la que tenemos lazos emocionales que a un desconocido, o tendemos a creer a alguien que argumenta su explicación antes que alguien que dice “esto es así porque sí”. Esta es la base también de muchos problemas en nuestras relaciones sociales, basta que alguien diga “hay que ver lo que hizo fulanito” para que la conversación nos enganche, y si la persona que lo dice es más cercana a nosotros que la persona mencionada tendemos a creer en sus palabras.

En resumen, somos máquinas incansables de establecer relaciones entre hechos del día a día y creemos lo que las personas cercanas a nosotros nos cuentan. Pero aun queda otro mecanismo evolutivo importante que facilita la creencia en sucesos sobrenaturales: La imaginación.

Mirad esta imagen, el tigre escondido entre el follaje, acechando. ¿Qué pasaría si no tuviésemos imaginación? Pues que no sabríamos que detrás de esa hermosa cabeza de tigre hay un terrorífico cuerpo de tigre. Está claro que aquellos antepasados nuestros que carecían de imaginación murieron pronto; además, la imaginación es un procesos cognitivo imprescindible para la memoria. Cuando “traemos a la memoria” un dato, realmente lo estamos imaginando; es decir, reconstruyendo a partir de patrones sensoriales conocidos. De esta manera unimos una imagen, un olor y un sonido, y  recordamos, por ejemplo, a nuestra madre, pero no estamos reviviendo un hecho, si no recreándolo con la imaginación.

Pero la imaginación tiene una parte negativa, pues nos permite crear conceptos tales como “suerte”, “dios”, “unicornio”, etc. Ideas que no hacen referencia  a nada real, pero que somos capaces de recrear, como mecanismos que explican sucesos.

Un ejemplo que aúne estos datos es el que dan Punset y Hood al inicio de la entrevista: ¿Podemos sentir que alguien nos mira? Sabemos que físicamente es imposible. Pero si nos sentimos incómodos en una situación y descubrimos que alguien nos miraba inmediatamente salta nuestra necesidad de establecer relación, la creencia de que esto es posible porque otros nos han contado que también lo han vivido, y la capacidad de imaginar cómo es posible. Y creamos nuestra creencia irracional de que podemos sentir que alguien nos mira en base a experiencias propias.

A lo largo de esta serie hemos descubierto que tendemos a creer ciertas descripciones de nosotros mismos, que establecemos relaciones entre sucesos de forma constante y sin poder evitarlo, creemos en lo que otros nos dicen e imaginamos cómo puede ser posible lo que nos cuentan.  Sobre la base de estos procesos psicológicos no es difícil darse cuenta de como funcionan, por ejemplo, las religiones a nivel individual, el horóscopo, y todo tipo de creencias supersticiosas. En el último post de esta serie haremos honor a su nombre y os explicaré por qué los ateos no creen en el infierno.

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El mundo no es como lo ves (II)


Estoy seguro de que todos hemos visto alguna vez este par de flechas. Si nos preguntasen nadie caería en la trampa de asumir que la línea central de la primera es más larga que la de la segunda. ¿Pero sabéis una cosa? Si nos pidiesen que las midiésemos “a ojo” el suficiente número de veces podríamos apreciar una tendencia a decir que la primera es más larga. Y es que, si la incapacidad de captar en su totalidad el mundo físico es la primera barrera que nos encontramos al percibir la realidad, nuestro cerebro es la segunda.

Esta imagen se llama la ilusión de Müller-Lyer y ejemplifica cómo nuestro cerebro interpreta todo, absolutamente todo, lo que le llega a través de los sentidos. ¿Y cómo sabemos que lo interpretamos todo? Pues, el caso de la visión es un buen ejemplo:

1º -> A nuestros ojos llega la información de un grupo de ondas electromagnéticas, no llegan ni colores, ni brillo, ni intensidad, etc.

2º-> Nuestro cerebro recibe la información visual de manera bidimensional. Puesto que sólo tenemos dos ojos y están uno junto a otro.

3º->  Sin embargo, nuestra percepción visual es coherente, significativa y en tres dimensiones. Es decir, vemos el mundo como un todo, no a parches, y lo que vemos tiene sentido para nosotros. Todo ello con percepción de profundidad.

La pregunta entonces sería cómo es que llega a ocurrir algo así. Podríamos pensar que estamos equivocados en cuanto a cómo nos llega la información a los órganos sensitivos en vez de pensar que nuestro cerebro procesa esa información. La clave para elegir una hipótesis u otra nos la dan los errores en la percepción. Si lo que percibimos fuesen propiedades invariantes de los objetos naturales no existirían los errores, puesto que no habría interpretación subjetiva.

Pero estos errores existen, en el caso de la percepción visual estos errores se conocen como ilusiones visuales. Pero es que además, no sólo los errores nos dan muestras de esa interpretación subjetiva, algunos aciertos también. Por ejemplo, lo que se ha dado en llamar constancia del tamaño, que es la habilidad de percibir correctamente el tamaño de un objeto. Supongamos que estamos en lo alto de un cerro y que podemos ver un árbol, el mar, y un barco en el mar. Si sólo atendiesemos a lo que vemos, sin interpretación, el árbol nos parecería más grande que el barco, pero nadie, por muy lejos que esté el barco y cerca el árbol, comete ese error de percepción, gracias a la constancia del tamaño. O mejor dicho, gracias a las interpretaciones que hace nuestro cerebro. Mirad esta bonita imagen que confirma lo que os digo acerca de la constancia del tamaño:

Sin hacer caso a lo que nuestro cerebro nos manda, podríamos decir que el árbol que se ve en la esquina inferior derecha mide por lo menos la mitad de la montaña del fondo. Pero nuestro cerebro nos dice claramente que eso no es así.

La ilusión óptica que os presento ahora es muy curiosa:

Todas las líneas verticales que aparecen son paralelas entre sí, pero desde luego a nosotros se nos representan de otra forma.

En esta otra imagen os aseguro que nada se mueve realmente, de hecho, si lo miráis por partes se mitigará mucho la sensación de movimiento. Pero tened cuidado con esta imagen y no la miréis mucho tiempo ya os producirá dolor de cabeza y podría marearos:

Tal vez todo esto pueda haceros dudar acerca de vuestro mundo sensorial y caigáis en esa duda nihilista que atormentaba a Descartes. Pero esa no es mi intención. De hecho, no debéis preocuparos demasiado sobre ese “mundo exterior” por que la evolución nos ha dotado de las armas necesarias para movernos a través de él. Cuando percibáis el mundo a través de la visión, el oído, el olfato, el tacto, o cualquier otro sentido de los 15 que aportan información del mundo a nuestro cerebro podéis tener la seguridad de que percibís la realidad en cierta manera.

Lo realmente importante es que nos planteemos que:  ¿Si el mundo no es como yo lo percibo (al menos en su totalidad) cómo puedo pretender imponer mi realidad a otros? Nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestras ideas, se basan en lo que conocemos del mundo, una información incompleta y subjetiva que, además, no es compartida por otros ya que cada cual interpreta su propia realidad. Así que, tal vez, ha llegado la hora de ser un poquito más transigente con las ideas de los demás.

Para terminar, me gustaría dejaros una ilusión óptica que realmente me encanta. Es una bailarina, que gira en un sentido, pero cuando menos te lo esperas cambia de dirección. Por supuesto la realidad no es esa, pero así se nos representa a nosotros. Os confieso que no soy capaz de verla cambiar a voluntad. A ver si vosotros sois capaces.

El mundo no es como lo ves (I)


Perdonadme por estas dos semanas de ausencia, pero ya estoy de nuevo aquí con más ciencia y mucha más psicología. Voy a hablaros de cómo es el mundo para nosotros, que es muy distinto del mundo real.

La primera barrera que nos encontramos a la hora de percibir la realidad son nuestras capacidades biofísicas, es decir, nuestros sentidos. Tradicionalmente se nos ha enseñado que existen cinco sentidos, pero eso no es cierto, tenemos como mínimo15-sentidos-distintos.

Vamos a hablar de los dos sentidos que más utilizamos para relacionarnos con el mundo, la visión y el oído.

La capacidad de detectar la presencia de un estímulo visual depende de que los receptores sensoriales especializados de la retina capten la energía luminosa de dicho estímulo. Si esta energía luminosa es de un tipo distinto al que nuestros receptores pueden captar ésta pasará a nuestro lado sin que nos enteremos siquiera.

¿Qué significa esto? Pues que el espectro electromagnético es enorme y nosotros tan sólo captamos una parte muy chiquitita del mismo, la que podéis ver en la imagen. Otros animales pueden detectar otro rango del espectro electromagnético, por ejemplo algunas serpientes perciben el calor/frío que desprenden los cuerpos, eso quiere decir que están viendo el espectro infrarrojo, que va de los 700 nm (nuestro rojo) hasta 1 micrómetro.

Por lo tanto el mundo no es como lo vemos, pero es que tampoco es como lo oímos. El sonido es un fenómeno mecánico producido por las vibraciones de un objeto, que se transmiten a través del algún medio (para nosotros el aire), y que, si tienen la suficiente fuerza, al llegar a nuestro oído inician una cadena de sucesos que producen la sensación auditiva. Este proceso es bastante conocido, la vibración golpea nuestro tímpano, éste también vibra y va transmitiendo ésta vibración por la cadena de huesecillos del oído medio, que finalmente hacen que la vibración llegue a la cóclea que la transforma en impulsos nerviosos.

Seguro que ya habréis visto la trampa, este proceso se inicia si la energía es suficientemente fuerte para que la captemos. Y es que hay sonidos que producen ondas que están por encima o por debajo de las que pueden hacer vibrar nuestro tímpano. Como siempre algunos animales pueden captar estas ondas que a nosotros se nos escapan.

Como podréis observar, lo que nosotros podemos oír es más o menos lo mismo que pueden percibir las aves o los sapos, pero los elefantes, las ballenas, perros, insectos, delfines, etc. viven en un mundo sonoro distinto del nuestro.

De todo esto podemos extraer dos conclusiones, la primera es que con nuestros limitados sentidos tenemos suficiente para sobrevivir y prosperar o no estaríamos aquí. La segunda, es que el mundo no es tal y como los percibimos.